Clara 7

Nunca antes había llegado tan lejos. Pudiera decirse que iba descubriendo en su cuerpo.
Los últimos encuentros sexuales entraban en lo controlable, en la línea de los vividos en otros tiempos. Aunque fueran con mujeres.
El reencuentro con Michelle le llevó más allá. Su cuerpo se abrió y explicitó. Su piel cimbreó en emociones inesperadas. El tacto arqueo el aire y pausó el tiempo. Ella sabía tentar sus sentidos, ofreciéndole el espejo del que mirarse y descubrirse.
Estaba a las puertas de un viaje sin retorno.
En el primer contacto en la intimidad Clara tomó la iniciativa. Jugó el papel activo, actuando sobre la otra como, sin saberlo, hubiera deseado hiciera con ella, arrebatada y atrevida.
En la casa no tuvo que disimular. Estaban solas.
Ensayó aquellas fantasías que permanecían en lo más recóndito de si misma. La otra le animaba a explorar.
Permanecieron entre sábanas varios días. A penas salían de su lecho. Comían picoteando entre juegos lascivos, mordisqueando y pasándose de una a otra pequeños bocados o tragos. En algún momento preparaban un té y reiniciaban su juego. Su sed y avidez se saciaba en ellas.
Describir piruetas de sus cuerpos no sería ajustado, porque la unión de esos cuerpos estaba en la sutileza sensible de una piel que se yergue embravecida en el contacto erizado de pupilas, poros y terminaciones nerviosas que parecen cobrar autonomía, multiplicando en ramaje el zarcillo que busca ensamblarse.
Unos días. ¿Cuántos? Pocos para su deseo. Pero, si se sabe contener y provocar la espera se mantiene el fuego encendido, y así fue.

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