Nines y Michelle (reconciliación)

Evelyn y Clarita se encontraron. Entre ellas la amistad.
Nines se quedó con el pequeño en casa de sus padres.
Domi regresó. No le explicó a Clara lo que le había confesado Michelle. Esperaba que no dieran el paso que favoreciera el encuentro.
Nines se acercó a verlas, y al tiempo a recoger a su hija para regresar juntas. Los días pasados con sus padres le permitieron mirar su situación con otra perspectiva. Se recriminó por no haber sabido encajar algo que ella mejor que nadie sabía. De sobra le era conocido. Antes de que las mismas protagonistas se percataran, ella tenía conocimiento de los deseos frustrados entre esas dos mujeres. Volvería a ocupar su lugar. Michelle lo era todo para ella. Si no la aceptaba en lo íntimo siempre tendría su presencia. Habían quedado en no separarse, y no desaprovecharía la oportunidad de envejecer a su lado, y si era posible, acompañarla hasta el fin de su viaje. Se recriminó por no haber sabido encajar ese golpe. Ella que había perdonado su promiscuo manejo a lo largo del tiempo. Resistiría éste y otros embates, si anteponía el amor absoluto que por ella sentía. Y, quizá, algún día recordaría estos momentos como borrascas pasajeras.
Hubiera querido hablar con Clara, pero se limitó a mantener con ella conversaciones amables y superficiales, en los dos días que estuvo en su casa. No coincidió con Domi, que tras el encuentro con Michelle se quedó un tiempo arreglando asuntos laborales.
El niño centro la atención. Sus monerías fueron tema y objeto de conversación.
Cuando regresaron fue recibida por Michelle con mucho cariño. Ella le dijo que no volviera a ausentarse, que le había añorado muchísimo, y aquella noche fue en su busca, y acercándose a la calidez de su cuerpo le hizo el amor con fiereza inusitada, gozando y haciéndola sentir que la deseaba como hacía tiempo no le había hecho notar. Vibró en el contacto de su piel. Lamió los recovecos y rincones más deseados, meciéndose en sus brazos. Gimió y lloró hasta perder la vida en esa pequeña muerte que le otorgaba placer infinito. Si ese instante hubiera permanecido, no le hubiera importado perecer en él. Al cabo, cuando ese juego de amor y placer llegó a su fin, rieron y aplacaron todos sus miedos, quedando fundidas en abrazo de una sobre la espalda de la otra de lado y entraron en dulce sueño. En ese momento las nubes oscuras que les atenazaban parecieron haberse disipado.

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