Irene

Es difícil sincerarse con una hija, pero con Evelyn era distinto. A ella le explicó que se había casado porque se suponía que debía hacerlo, tras un noviazgo que venía de largo. Ellos salían juntos en el mismo grupo, y se fue dando por hecho que se querían. No conocía la pasión arrebatada. No la esperaba. No amaría a nadie como amaba a su hija. Hacer el amor fue pura mecánica, de la que se evadió tras el nacimiento de Clari. Primero creyeron que era el rechazo pos parto, pero no hubo marcha atrás. Se sentía atrapada.
Cuando consideraron que no harían daño a su hija se liberaron. Desde que se habían separado les era más fácil estar juntos. De hecho, alguna vez habían acabado en la cama, e incluso había disfrutado más que antes. Él se había vuelto a casar. No le dolía. Al contrario, se alegraba de que no estuviera solo. Había encontrado una buena compañía. Envejecería con ella.
De todo ello, lo mejor, haber tenido la hija.
No temía la soledad, si algún día decidía marchar. Elegía este vivir. Aunque no negaba que lo mejor era despertar y saber que su niña, no tan niña, pero suya, estaba al otro lado de la pared.
Podían pasar días sin verse, pero la sentía. A veces ponía el oído en la pared para escuchar su respirar. Habían acordado una señal, para saber si estaba sola o acompañada, pero aun así no la importunaba. Si coincidían en los espacios comunes, entonces se entregaban la una a la otra. Se contaban y explicaban cosas.
Era Clari la que daba el paso, yendo a su lado. Entonces era la mujer más feliz de la Tierra.

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