Clara 3.1

Se habían conocido en unos cursos de renovación pedagógica, que él impartía. Era más joven, pero fue a por ella. Era hermosa. Se puede decir que fue amor a primera vista. Directa, le dijo que le gustaría conocerle, viendo cómo le miraba. Supo de inmediato que si no se lanzaba, él no daría el paso. Fue un romance de encuentros en habitaciones de hotel. El cuerpo sin preámbulos. La carne. Ella dejó de asistir a ese curso, porque le hervía la sangre nada más verle. Esperaba a la hora pactada y sin mediar palabra se entregaban. Esa pasión fue duradera. Él quiso casarse. Ella ponía pegas. Siempre había guardado con celo su libertad, pero flaqueó y cedió. Apenas unos pocos asistentes. Fue una boda civil.
Era hermoso y perfecto. Llegaron dos hijos, sin buscar ni planificar, pero sin poner medios. Con ellos ese fuego fue remansando, y achicando. Con ellos la relación iba cambiando. Había excusas de retraso. Otra. Ella lo supo de inmediato. No porque dejara de hacerle el amor, sino por esos matices nuevos en cómo la abordaba, en cómo la miraba, en el tacto de su piel al acariciarla. Callaba. Temía nombrarlo. Esperaba que un buen día volviera a ser el de antes. Así fue. Y pudo gozar de un renacer, pero la cruel realidad se interpuso. La enfermedad. La muerte. La soledad.

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