Doris

Soy Doris. He cogido el testigo de mi abuela. Evelyn ya no es capaz de transcribir sus recuerdos, y menos sus pensamientos. Me habla en desorden, y con repeticiones, dando repaso a ese tiempo pretérito que ella ha habitado.
Edu, mi bisabuelo, y Marc, mi abuelo, cobran forma, aunque difusa. Nines y Michelle están más presentes. Las evoca, tanto a una como a otra, llamándolas mamá. Su infancia fue feliz, y en ella el amor de su vida, Clarita, nieta de Clara, la mujer que amó apasionadamente una de mis bisabuelas.
Sigo abriéndola al día. Es un goce tener la oportunidad de hacerlo, mientras la pueda disfrutar. Ahora mis atenciones son más, porque se vale poco. Necesito ayuda, para incorporarla o acostarla. La silla de ruedas es su medio. No se queja de nada. Siempre alegre, me regala con sus abrazos y besos.
Siempre tiene visitas. En realidad, somos una gran familia. Incluso mamá, que ha dejado de distanciarse, y viene a leerle cada tarde, durante el tiempo que dedica papá a tareas de gestión, en el despacho que mantiene aquí. También Claire, que parece haber heredado la pasión artística de Michelle, aunque no le corra la misma sangre. Suele subir del taller, cuando cae la tarde, y las dos, si se puede, salen a la terraza a disfrutar del cielo veteado en colores de las puestas del sol que anteceden al anochecer. Allí hace fotos, de esos cielos parisinos, y de todo aquello que le atrae. Muchas a nuestra amada abuela, que es muy fotogénica.
Cuando toca recogerse, nos juntamos alrededor de una mesa que hay en el salón, a degustar los manjares culinarios, que prepara con primor nuestra querida Rose. Ese es el gran momento del día. Christine, Adam, Claire, Evelyn, Rose y yo.
Largas sobremesas de conversaciones amenas, en las que le damos el protagonismo, preguntándole por anécdotas que ya conocemos, pero que repite aportando nuevos matices. Paseos de carrerillas en bicicleta a las orillas de ese mar calmo que parece vislumbrar entornando los ojos, reviviéndolo con felicidad.
Nos vamos quedando solas, y cuando lo sugiere, entre Rose y yo la acomodamos en su cama, poniéndole un tema musical de jazz. A veces, una lágrima asoma. Imagino que, en ese momento, la música remueve emociones contenidas. Nunca indago. La dejo en su intimidad, con la puerta abierta, y me retiro a mis aposentos.
No siempre estoy con ella. Tengo una vida social, que ella me anima a llevar.
Suelo ponerme de acuerdo con Claire, cuando he quedado, y ella se queda encantada, hasta que regreso, porque se instaló en el taller, y allí convive con su pareja, que, aunque conocemos, no participa de nuestros encuentros familiares. Van cada uno a su aire.
Es posible que penséis sobre mi vida afectiva. No acabo de cuajar con nadie. Aún tengo que conocer a quien me haga sentir esa pasión que parece arrebata y hace perder la razón. Tengo mis rolletes. Nada que valga la pena nombrar, ni significar. Tampoco hay nadie, que sepa yo, que por mí beba los vientos.

latidos(2)

Hagamos del silencio la palabra contenida.
Icemos nuestra herida, cual estandarte de la vida.
Soltemos lastres.
Rompamos con lo de antes.
Sembremos las semillas, y limpiemos de cizaña de discordia su crecida.
Demos, estando en este mundo, un paso más que nos acerque a la consideración de la gente, dando soporte en esta realidad significada de consideración, que cuenta con cada ser viviente, respetado y tenido en cuenta.

latidos

Extraño las distancias cortas, que amenizan con su pausa el lánguido transitar que me acongoja.
A la extravagancia desmesurada se una la idea descomunal.
Esclavos somos.
Podemos desesperar, pero nada nos alcanzara, en ese supuesto que queremos perpetrar.
Díscola esencia.
Página por arrancar, en el caduco instante que se nos va.