Neira III

Aina hubiera querido dar marcha atrás. Regresar en el tiempo a aquellos días en que, con Neira, la vida carecía de complicaciones. Cuando se dio la vuelta, tras su encuentro, sintió que aquel cielo plomizo de otoño le aplastaba. ¿Cómo iba a decirle que era la mujer más infeliz del mundo? Evitaría retomar la proximidad que deseaba, para ocultar su desgracia.
Estaba en una relación tóxica, y ocultaba su fracaso, creyendo que así tenía la oportunidad de que se pudiera arreglar.
Ver a su amiga y acercarse a ella, sacando de dentro un impulso que creía muerto, le hizo concebir esperanzas. Quizás, Leo, cuando llegara esa tarde a la casa, podría percibir un grado de autoestima que evitara su desdén. No fue así. Por contraste, esa vez le resultó más hiriente. No le pegaba, se limitaba a menospreciarla sistemáticamente. Ese trato en la intimidad no era conocido por nadie más, porque ante terceros él era un hombre maravilloso.
Nunca le ponía a prueba, temerosa de que no sólo quedara en palabras. Su mayor exigencia era que ella debía maquillarse y arreglarse siguiendo sus directrices. También que siempre que él llegaba a la casa, ella debía estar allí, sumisa y callada.
La miraba con desdén si ella intentaba hablar de algo, enmudeciéndola de inmediato. Ese día olvidó su trato y empezó a contarle que se había cruzado con su amiga. No le hizo ni caso, se vio hablando sola, porque antes de terminar la primera frase él llevándose un periódico deportivo se encerró en el aseo. Cuando salió ella estaba enquistada en su silencio.
Sin embargo, para Aina ese encuentro fue transcendental, porque empezó a darse cuenta de todo lo que estaba viviendo, y a desear salir de esa situación, queriendo retomar su amistad con Neira.
Leo no había quedado indiferente. Cuando Aina empezó a hablar, advirtió que nada volvería a ser igual, porque vio una chispa, que le retrotrajo a un pasado del que siempre quiso deshacerse.
En el brillo de sus ojos se adivinaba la esperanza. Aina no advertía el alcance que podía tener, pero él sí. Por esa razón se había alejado, disimulando indiferencia y desprecio hacia su pareja.
Durante el largo rato en que estuvo pasando las hojas del periódico, sin centrarse en nada de lo escrito, centró su pensamiento en una sola idea. Localizar a esa amiga y quitársela de en medio. Se arrepintió de haberse alejado de su mujer sin saber de quien se trataba.
Se habían conocido a través de encuentros de cita a ciegas, organizados desde una plataforma de gente que buscaba explorar sexo con personas anónimas. Con ella se había saltado las reglas al llevársela a su casa, pero las mantenía no comunicando nada de la vida pasada. Ahora lo lamentaba. Su juguete perdía exclusividad, y eso le fastidiaba. No iba a permitir que esa intrusa desbaratara su vida. No le sería fácil reemplazarla. Ella había acatado sus reglas sin queja.

Neira II

Me encontré a Aina. No la conocí. Fue ella quien se percató de mi presencia, cuando nos cruzamos mirando un escaparate de una zapatería. Yo miraba unos botines marrones, que parecían cómodos, y sopesaba si entrar o no, pensando que quizá debía mirar en otras tiendas, antes de decidirme por aquellos que empezaban a tentarme, y consideraba se salían de mi presupuesto, aunque podía permitírmelos, porque hacía tiempo que no me compraba calzado. A punto de entrar, ella se interpuso en mi camino abrazándome.
_No te me escapes. ¡Qué cara de ver! Ya tenía ganas de echarte el guante. ¿No me conoces o disimulas? _me dijo, al advertir mi desconcierto.
Tardé en reaccionar. No la reconocía, aunque algo dentro de mí me advertía de que debía buscarla en mi pasado. Habíamos sido inseparables desde los tiernos años de guardería. No vivíamos nada la una sin la otra. Nuestra amistad nos hermanaba, pero los años empezaban a transcurrir sin que nos reencontráramos ni tuviéramos en cuenta. Estaba delgadísima. Demacrada.
_¿Estás enferma? _le pregunté, sintiendo un escalofrío, temerosa de su respuesta.
_Estoy bien. _me contestó, pero intuí que me ocultaba algo, y la miré a los ojos buscando una respuesta que no hallé.
_Ahora no tengo tiempo, pero quedaremos un día de estos para ponernos al día. No me perdono esta separación. Tú eres mi más íntima amiga. _me dijo.
Intercambiamos nuestros números de móvil e iniciamos contacto por whatsapp.
Cada día intento buscar un momento para quedar con ella, pero sus respuestas me desaniman. Siempre son evasivas. Me temo que volveremos a perder el contacto. Cada vez pasa más tiempo entre una y otra comunicación. Parece mentira que alguien que en otro tiempo fue imprescindible deje de contar en nuestra vida. Tengo la sensación de que ese encuentro me sitúa en otro estadio de mi vida. Es la sensación de un viaje sin retorno. Debe ser desapego.

Neira

Mamá me buscó en sus últimas relaciones con hombres. Según ella, promiscuas.
Dice que soy fruto del amor y del deseo, no hacia ellos, sino al que sintió buscando quedarse embarazada. Que el amor le vino, como una ola, cuando se sintió embriagada por primera vez en brazos de mujer. Entonces no separaba unos de otras. Actuaba siguiendo su instinto y piel. Bisexualidad que parece abandonó cuando me engendró.
Me crié en esa exclusividad que me dio tenerla sólo para mí.
Se las apañaba bien. Tampoco le compliqué demasiado la vida. Comía y dormirla, dejándola descansar. Decía que estaba hecha de buena pasta, que me hice a sus tiempos, en lugar de tenerse que hacer ella a los míos.
Por las mañanas salíamos de casa en la misma dirección. Me dejaba en la guardería media hora antes de que empezara su jornada laboral, en una escuela situada a pocos pasos.
Cuando venía a darme mi ración, en ese tiempo que le concedían, me sacaba a un parque próximo, y allí, a la vista de todo el mundo, sacaba su pecho para darme de mamar.
Cuenta que cubría mi cabecita con un pañuelo de seda, regalo de mi abuela. No su pecho, que lucía orgullosa y con descaro.
No ocultaba su condición, aunque no eran tiempos fáciles; pero dudo que hubiera alguien capaz de achicarla. Mi madre siempre ha sido muy brava.
Me puso Neira. Dice que lo derivó de Nereida, el primer nombre que le vino a la cabeza.
_No iba a llamarte de cualquier manera. Cuando lo dije en voz alta me sonó a nácar y flor perfumada. Ya te había tenido y olías tan bien, que no podía escoger uno cualquiera para nombrarte. Debía escuchar tu corazón. No quise escogerlo antes. Tampoco saber quien eras, hasta tenerte en mis brazos.
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espirales

Aristas limitan, comprimen, contienen, retienen. Dan forma. Evitan las curvas y espirales que nos hacen libres. Son formas artificiales, no propias de la vida generativa, resultado del golpe que fractura, dando resultados de esquirlas cortantes.
La espiral es el camino de vida, desde el origen al punto de inflexión que nos devuelve al Uno, origen y fin.

silencio

Anclados los silencios pausados, de un tiempo abierto a infinitas posibilidades de vida.
El silencio es la cuna del pensamiento, que duerme en él, mecido y constreñido a las oscuras perspectivas de su soledad. Buscarlo es adentrarse en ella. Escapar de él es perder una buena oportunidad. La de ser.