Nosotras

Violencias plagadas de sensación de culpa.
Hacerse respetar.
Sufrir el acoso.
Perder confianza.
El llanto que no libra del trance.

Tras una lectura que golpea mi memoria.

Castrada desde el momento de entrar a formar parte de un entramado social que perpetra el acoso gestual, de miradas ofensivas, proyectadas sobre una, a la que sus similares exigen, y contrarios acosantes.

Esas faldas que dejan las piernas al aire, exponiéndolas al ultraje, del que, siendo víctimas, se nos hará culpables.

¿Sería distinto sin esa mirada de diferentes que nos da atributos encorsetarnos?

Márgenes a los que nos acercamos buscando no ser deseadas, cuando los indicios de gestos, voces y miradas alertan nuestras almas, señalando el riesgo al que expone ese entorno social que desprotege, dando crédito a la fuerza de los suyos, para los que somos objeto de descarga emocional, alimentado desde ese entramado de amo y siervo, hoy puesto a despreciado valor en un capital de exclusión por excedente de fuerza laboral.

Patriarcado y capital que explota a una base adormecida frente a su abuso y enardecida en virilidad.

Caminamos alertadas del peligro, por ser presas propiciatorias de los que al dosificarnos pierden rastro de humanidad, entrando en la vil esencia tetosteronica del que no controla su vida, y quiere sentir el poder dominando a quienes considera tiene bajo su dominio, porque su fracaso como persona envenena su ser.

Los modelos valen más que las palabras, y eso prevalece. La violencia emerge en la desigualdad.

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