Cada día nuevo renacer

Arrastró esa distancia contrita en el hueco de su espalda anquilosada. Tomó aire y adquirió ese pulso decidido que le hizo hacer pie, enmudeciendo el quejido ante huesos doloridos. ¡Para qué! Al fin nadie a su lado podría escuchar ese lamento. Tapó su desnudez con la bata envejecida, a juego con su piel. Avanzó, arrastrando sus pies calzados de zapatillas roídas, en tarima desgastada y quejumbrosa. Su pensamiento no respondía a otro estímulo mayor que el de mantenerse en pie, apoyándose en todo aquello que sus nudosos dedos iba alcanzando por tanteo en un momento de oscuro amanecer. Las persianas por su peso permanecían allí. Magras las tenía. Ni luz ni agua. Nada. Faltaba esperarla sentado. Llegaría al cabo de esos minutos que ronronearían su mente, escuchando el despertar de calle y ciudad. Un resplandor se abriría paso. Una sonrisa recibiría su compañía y cálido abrazo. Le daría ese café aguado calentito, con una pieza dulce que desharía en él, para paladearla y tragarla.
Cada día nuevo renacer.

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