Evelyn 4.2

Aquella comida de domingo se mantiene. Solemos ir siempre que podemos. Está entre nuestras prioridades. Incluso viene José alguna vez. Sólo. Parece que su mujer no se siente cómoda con nuestras celebraciones. Por otra parte, ella es muy agradable. Se parece en algo a Clara. Es elegante, femenina y coqueta.
Domi, pasado el duelo, encontró a una vieja amiga, con la que parece va a acabar. La trae y nosotras la recibimos como nuestra familia. Se les ve muy bien. Me alegro. Domi merece ser feliz.
Los hijos de Lucia no vienen nunca, aunque, cuando hablamos con ellos, dicen que algún día vendrán.
Encontrarnos es una forma de recordarla. Ella está con nosotros, cuando la traemos recordando anécdotas del pasado. Lucia y José nos la traen cuando fueron niños y, con su padre, eran una familia feliz.
Reconstruir su persona a través de nuestros recuerdos, cada vez es menos. Entre nosotros vamos mirando al futuro y construyendo el vínculo que nos une.
Los jóvenes, cuando se dignan venir, a veces a los postres, actualizan la vida.
Nines ha vuelto a España. No sabe vivir con los recuerdos de Michelle, que nos dejó. Se instaló en casa de sus padres, mis abuelos.
La casa de París está cerrada. Soy yo quien la abre, cuando voy a darme una vuelta. Los días que paso allí sola, devuelvo rincones y ordeno los papeles que dejaba Michelle entre anotaciones sobre sus proyectos. Algunos tienen fecha.
Hay poemas encendidos, que por lo que se puede leer en los que parecen anotaciones diarias, tienen un único objeto. Clara.
Entiendo que entre ellas hubo un gran amor, pero que los desencuentros que pudieron tener las separó.

José y Lucia

José y Lucia aprendieron a cuidar uno de otro. Maduraron pronto.
Clara perdió el norte con la enfermedad y muerte de su esposo. Ellos hubieran querido dar más. Ser soporte en el que ella pudiera encontrar cobijo, pero para eso les faltaba la experiencia que, con los años y vivencias, la vida nos da. La más fuerte era Lucia. Ella puso orden en el caos familiar. Espectadores de los cambios de su madre, sintieron una profunda orfandad. El ausente se iba transformando en recuerdos fraccionados. Muchas veces lloraron su ausencia. Procuraron hacerlo en momentos en que ella no estaba presente. Cuando la serenidad lo permitía, recordaban aquellas anécdotas infantiles en las que él revivía en su recuerdo. Sabían que eran el fruto de un gran amor, de unos amantes que quizás no debieron tenerlos, pero que habían bañado el aire de esa carga emocional, que para ellos era el mejor legado. Temieron por la cordura de Clara, tras la defunción, pero comprendieron que el duelo venía de las horas de hospitalización en que ella estuvo a su lado. Aquellos días de ausencia consolidaron sólidamente sus lazos fraternales.

José

José conoció a Irene porque iba con gente a la que él conocía. Amigos de amigos y amigas, que solían encontrarse en encuentros festivos y botellones en la playa que, aunque estaban prohibidos, solían hacer, evitando el alto coste de las bebidas en locales nocturnos. Se atrevió a acercarse a ella, a pesar de verla bastante inaccesible, porque le gustaba, desde que la viera por primera vez, en un concierto popular en las fiestas de Gracia, barrio que le encantaba, y al que fueron a vivir cuando se casaron. Sus plazas eran micro mundos de encuentro social.
Ella no ofreció resistencia, pero no por ello fue fácil. Tenía una pose de altivez que le seducía. La amó, quizá más que a nadie en el mundo, pero nunca le fue posible acceder a su alma.
Cuando le negó el acceso, tras el nacimiento de Clarita, entendió que debía darle tiempo, pero después vinieron los días de frustración, en los que parecía molestarle e irritarle sólo con su presencia.
Habló con ella, esperando mejorar las cosas, pero se encontró con lo inimaginable. Ella quería separarse. Le convenció de que hacerlo desorientaría a su pequeña, que empezaba a balbucear sus nombres. Creyó que el tiempo obraría a su favor. Él disfrutaba de su hija, y ella mantenía las apariencias. Cuando creía que podía intentarlo, ella le rechazaba con contundencia y reproches, pasando a un estado de mayor tensión. Ya mayorcita la niña, creyeron conveniente hablar con ella y separarse. Por entonces, ya no le quedaban esperanzas. Debía soltar y marchar. Fue ella la que marchó, dejándole con las sombras de unos sueños perdidos. La niña podría estar en la casa con él cuando quisiera. Ella se trasladó a la de sus padres. Clarita eligió vivir con su madre. A él le pareció bien.
Los primeros días en soledad fueron terribles. No acababa de encontrar qué había hecho mal. Se le había ido de las manos. Todos sus intentos de aproximación la habían alejado más.
Consolaba su duelo con su hermana, que estaba pendiente de que no se hundiera. Ella le presentó a una amiga, con la que se entendió de maravilla, desde el instante que la conoció. No era el mismo fuego de amor, pero con ella se sentía próximo.