Neira

Mamá me buscó en sus últimas relaciones con hombres. Según ella, promiscuas.
Dice que soy fruto del amor y del deseo, no hacia ellos, sino al que sintió buscando quedarse embarazada. Que el amor le vino, como una ola, cuando se sintió embriagada por primera vez en brazos de mujer. Entonces no separaba unos de otras. Actuaba siguiendo su instinto y piel. Bisexualidad que parece abandonó cuando me engendró.
Me crié en esa exclusividad que me dio tenerla sólo para mí.
Se las apañaba bien. Tampoco le compliqué demasiado la vida. Comía y dormirla, dejándola descansar. Decía que estaba hecha de buena pasta, que me hice a sus tiempos, en lugar de tenerse que hacer ella a los míos.
Por las mañanas salíamos de casa en la misma dirección. Me dejaba en la guardería media hora antes de que empezara su jornada laboral, en una escuela situada a pocos pasos.
Cuando venía a darme mi ración, en ese tiempo que le concedían, me sacaba a un parque próximo, y allí, a la vista de todo el mundo, sacaba su pecho para darme de mamar.
Cuenta que cubría mi cabecita con un pañuelo de seda, regalo de mi abuela. No su pecho, que lucía orgullosa y con descaro.
No ocultaba su condición, aunque no eran tiempos fáciles; pero dudo que hubiera alguien capaz de achicarla. Mi madre siempre ha sido muy brava.
Me puso Neira. Dice que lo derivó de Nereida, el primer nombre que le vino a la cabeza.
_No iba a llamarte de cualquier manera. Cuando lo dije en voz alta me sonó a nácar y flor perfumada. Ya te había tenido y olías tan bien, que no podía escoger uno cualquiera para nombrarte. Debía escuchar tu corazón. No quise escogerlo antes. Tampoco saber quien eras, hasta tenerte en mis brazos.
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