>Un camino y un sueño. Un destino. (I)

>-Espera, no te alejes. No ves que entre la maraña puedes perderte.
Decía una anciana siguiendo con apuros a un muchacho que apenas si la tenía en cuenta.
-Ya llegarás.
Pensó él sin parar cuidado.
-Siempre te andas quejando y nunca me pierdes de vista.
Estas fueron sus últimas palabras.
Ella llegó al lugar de dónde la voz provenía.
-¡Som!
Gritó desesperada mirando a uno y otro lado.
-No te escondas que ya es tarde.
-¡Som!
-Venga, deja de enredar y sal de una vez.
Así pasó largo rato a la espera del muchacho que no daba señales de vida.
Se cerró la noche sobre ella y desesperada no oso moverse quedando sobre el mismo suelo arrodillada a la espera de quien mucho tiempo estaría extraviado.
Lloró y se lamentó, incluso se enfadó. Al fin quedó dormida y el frío de la noche y la vejez la dejó para siempre allí, perdida.
-¡Maitina!
Le decían, cuando en la mañana la encontraron quienes fueron a buscarlos.
-Está dormida.
Dijo una niña que se introdujo por medio de todos ellos hasta acceder a poder tocar su frente.
-No es cierto. Ha muerto aterida de frío.
Le replicaron.
Ella se enfrentó a todos ellos.
-¡Os he dicho que duerme!
Algo hubo en ese gesto que paró a todos ellos.
-Bueno, si tú lo dices.
Contestó alguien que parecía tener más autoridad sobre todos ellos.
-Si ella lo dice será verdad.
-No me atrevería a contradecir a una hechicera, aunque sea sólo una niña.
Pensó al tiempo que daba ordenes a quienes estaban a su lado para que transportaran a la anciana a las inmediaciones del poblado.
-La dejaremos a distancia de nuestras casas.
Le dijo a ella sin atreverse a encarar su mirada.
-Hay una cabaña que podrás ocupar mientras te hagas cargo de Maitina.
Dio orden a todos para que hicieran aquello que ella les demandara.
-Coged unas ramas y la hojarasca con restos de tierra que le han servido de lecho.
Hacedlo evitando moverla.
Ordenó ella, sin dudar.
No fue fácil realizar esa tarea, pero los más hábiles consiguieron transportar a la anciana en su propio lecho hasta la cabaña que sería su sepulcro.
Nasur, que así se llamaba la niña dejó a la anciana en la cabaña y volvió al lugar dónde la encontraron.
Cuando nadie la pudo ver ella se manifestó en toda su potencia luminosa dejando de lado la niña.
-Esperaré el momento en que ocurrió lo que vengo a buscar.
Con estas palabras movió el tiempo y fue testigo de la escapada del muchacho.
Ella, más ágil que la anciana, alcanzó a ver que pasaba, dejando tras de sí el cuadro que al día siguiente habían encontrado.
-¡Es él!
Pensó ella al ver como el muchacho era tomado por un ser gigantesco que batiendo sus enormes alas se acercó pasando sobre sus cabezas y con sus garras lo arrancó del suelo llevándolo lejos.
-Te seguiré dónde quiera que vayas.
Dijo al ver como se alejaba

Al regreso del grupo presidido por Nasur, la gente ocultaba los ojos tapándolos con sus manos.
Una oleada de temor invadió a quienes quedaban atrás, mientras la comitiva se encaminaba a la cabaña.
Para ello hubo que atravesar el poblado. No había otra posibilidad. Hubieran querido dar un rodeo, pero el poblado quedaba sobre un cortante de roca por uno de los lados y por el otro el río se hacía imposible de cruzar. No había otra que atravesar a pesar de llevar con ello el temor y la incertidumbre.
-Es posible que la idea no haya sido tan buena.
Pensaba Malhyam, el mago del poblado, mientras veía como reaccionaba la gente del pueblo al paso de la comitiva encabezada por la niña y el cadáver de la anciana sobre tan extraño lecho.
-Será necesario hacer un funeral y una depuración de todo el recorrido, sino la gente temerá salir de sus casas y el pánico se adueñará de nuestro pueblo paralizándolos y extraviándolos.
Dijo dirigiendo sus palabras a Jhord, que daba las órdenes a todos ellos, susurrándoselas para evitar fueran oídas por quienes no las podrían asimilar.
-Haz los preparativos pertinentes y no escatimes en gastos.
Contestó Jhord valorando lo crítico de la situación, disimulando igualmente, convencido de que estaba siendo advertido con sabiduría.
-¡Buen servicio! Tendrás tu recompensa.
Pensaba mientras observaba como con un par de movimientos Malhyam desaparecía entre la gente, dando paso a una masa que se apelotonaba a su paso.
-Ya llegará ese día.
Pensó Malhyam mientras desaparecía.
-Te libero de tus preocupaciones más inmediatas, pero un día seré yo el problema que no podrás sacarte de encima.

Cuando llegaron a la cabaña e introdujeron a la anciana con su lecho, Nasur con un gesto de su mano izquierda despidió a quienes la transportaban.
Liberados marcharon a sus casas.
Aquella noche los hombres del séquito fueron a dormir tras restregarse sus carnes con agua y barro queriendo sacar de su piel una sensación extraña que nadie nombraba.
Los perros ululaban y los gatos maullaban. Fue una noche tenebrosa que antecedería a muchas otras que borrarían el recuerdo de un tiempo en que la luna susurraba canciones de cuna.
Hubo sueños tenebrosos que a todos alcanzaron, pero a la mañana siguiente no osaron ni siquiera pensarlos. Por supuesto no se nombraron. Si hubieran hablado de ello todos hubieran descrito un mismo sueño. Cuando el alba abrió el día y los gallos cantaron su letanía salieron las gentes entristecidas a ocupar sus lugares para secuenciar la vida.
Dado que su hacer y vivir estaba muy lejos de estas consideraciones nadie hablo ni pensó en una mala noche. Malhumorados y tristes se movían en sus quehaceres y algún que otro exabrupto se soltaron unos a otros sin llegar a mayores. Cabizbajos se movían y apenas se miraban los que en otro tiempo se saludaban. Ni que decir tiene que se desplazaban temerosos y evitaban tocar con sus pies allí donde la comitiva pasara tal que con el tiempo la hierba remozara.

Mirando desde su ventanal, Jhord observaba el cambio manifiesto de quienes apenas paraban un instante en las calles.
-Se hace necesario un ritual para liberarlos de este mal.
Dijo mientras era atendido por quienes tenía alrededor.
-¡Malhyam!
Llamó mirando las caras opacas a su alrededor.
Todos salieron cabizbajos, sin volver la espalda, dando paso al mago que les imponía más respeto aún.
-Aquí me tienes. Señor.
Dijo el mago explicándose.
-He hecho lo necesario. A lo largo del recorrido se han dispuesto unos puestos de picapedreros para empedrar el camino que va desde el lugar en que se encontró a la anciana hasta la cabaña.
Decía mirando a los ojos de Jhord para ponderar su reacción.
-Las piedras evitarán que las fuerzas telúricas entren en contacto con los pies descalzos de tu gente.
Siguió platicando al ver la aceptación de su idea en la mirada de Jhord.
-También se quemarán hojas de laurel y se esparcirán las cenizas sobre las piedras del camino.
-En este momento se está haciendo una fogata alrededor de la cabaña practicando un reguero alrededor que se alimentará con agua canalizada desde el río, para evitar que alcance al poblado nada de lo que allí se geste.
Jhord escuchaba atento y satisfecho.
-Está en todo.
Pensó sin osar interrumpirle.
-Los picapedreros temerosos no querían trabajar, pero les he ofrecido una recompensa y al fin han cedido.
Dijo Malhyam comprobando que iba por buen camino.
-Se les ha prometido que si hallan mal o enfermedad sus familias serán compensadas de por vida.
Malhyam, mientras manifestaba cuales habían sido sus decisiones comprobaba que Jhord era incapaz de oponerse a sus planes y eso le hacía sentirse dueño de la situación.
-Nunca vas a liberarte.
Pensó mirándolo a los ojos sin que el otro se percatara de la amenaza que ocultaba esa mirada aparentemente afable.
-¿Y tú que precio pones?
Oyó que Jhord le preguntaba mientras maquinaba los pasos a dar en el futuro para tenerlo bajo su yugo.
-Mi señor, yo no tengo precio. Soy vuestro siervo.
Le contestó.
Empezaron, los picapedreros, a cubrir el camino que día a día se llenaba de malas hierbas.
-¡Aléjate de allí!
Decían las madres a sus hijos pequeños cuando jugando se acercaban a las obras por curiosidad. La mayoría de los adultos no osaban siquiera mirar, pero los niños son curiosos por naturaleza. Si miraban lo hacían de lejos y de reojo, porque algo de la curiosidad infantil también les carcomía.
-¡Te tengo advertido que no debes aproximarte!
Decía una mujer tirando de la mano de un niño que insistía en acercarse atraído por el trajín que entre polvo y piedras se daba.
-Pero?
-¡No hay pero que valga!
Le replicaba indignada y temerosa.
-¡Es peligroso estar allí!
-El Infierno estará bajo tus pies si pisas la senda prohibida.
Añadía queriendo atemorizarlo. Prevenir con el miedo no era suficiente porque precisamente eso era lo que le incitaba, lo prohibido se convertiría en lo deseado, la tentación que ocuparía sus pensamientos a lo largo del día.
Nahym, que así se llamaba el niño, pasaría el día buscando mil estratagemas para zafarse de la vigilancia de los adultos.
Al oscurecer, las calles quedaron vacías sin que fuera necesario el aviso del toque de queda que regía el ritmo de la comunidad.
Tras la cena con las historias y anécdotas contadas al calor de la lumbre las fogatas perdieron intensidad y los sueños poblaron el lugar.
A hurtadillas una sombra diminuta se movía arrastrándose pegada a las paredes de las casas.
-¿Quién anda?
Se oyó decir en mitad de la noche.
Un gato negro cruzó la calle.
-Será que un simple gato nos hace creer que alguien se desplaza por la calle.
Dijo uno de ellos, no sin cierto temor.
-Precisamente esta noche.
Pensó.
-Algo en el ambiente presagia malos augurios. No sé, pero lo siento en la piel y en las tripas.
Dijo de forma inaudible.
-¿Qué me decías?
-No, nada. Estaba pensando en voz alta.
Respondió sintiéndose sorprendido.
-¡Ah!
Ambos quedaron silenciosos y atemorizados sin esperar otra cosa que las largas horas de guardia no tuvieran novedades.
Las dos figuras parecían cargar con el peso del mundo mientras se alejaban en su paseo nocturno.
Nahym, que había esperado el momento oportuno para salir de la casa se sintió perdido ante la presencia de los dos guardianes que hacían su ronda por las calles para velar y hacer cumplir el toque de queda que obligaba al a reclusión durante la noche.
Si hubiera sido descubierto todos los miembros de su familia habrían caído en desgracia. El sistema hacía responsable a todos de todos, de manera que la familia tenía que vigilar que cada uno de sus miembros siguiera las normas establecidas.
Era un sistema eficaz, porque la proximidad hacía de la norma la ley. Cada uno velaba por las acciones de los demás y si en un momento dado se ponía en peligro al grupo familiar éste se protegía reprimiendo al que contravenía la norma.
Siempre hay alguien que rompe la norma del grupo para bien o para mal. A veces es el camino evolutivo que lleva a nuevas formas de hacer y de ser.
-¡Uff!
-Menos mal que ha salido un gato y esos dos no me ven bajo las sombras que me amparan.
Pensó Nahym mientras sentía que un sudor frío atravesaba su espalda.
Tardó en moverse, a pesar de que la pareja de vigilantes no volvería sobre sus pasos hasta que no llegaran al otro extremo, el que se acercaba al río.
-La luna marca el camino.
-Es curioso.
Pensaba observando que una estela iluminaba el recorrido empedrado.
-Me arrastraré sigilosamente?
Apenas esa intención se cruzó por su mente se vio arrastrado y alzado por una fuerza que lo llevó sobre la cabaña dejándolo flotando. Pudo ver el interior sin poder dar crédito a lo que sus ojos presenciaban. Maitina, la anciana que se suponía era cadáver se transformaba en un ser magnífico.
Los ancianos habían explicado historias de seres fantásticos a los que denominaban dragones, pero siempre había creído que sólo eran historias para entretenerlos.
-¡Nahym, despierta!
-¡No seas gandul!
-¡Vamos!
No hubo forma humana de despertarlo cuando al amanecer la vida de la casa ponía a todos en pie.
-¡La desgracia ha entrado en esta casa!
Se decían unos a otros, lamentándose.
-Fue la senda maligna.
Dijo la persona más anciana de la casa, siendo advertida con sorpresa por parte de quienes apenas le prestaban atención por lo insignificante que era para ellos. Habían olvidado otra de las costumbres que hacía de ellos un grupo estable. Los más mayores eran su cuna y aunque perdieran capacidades tenían la sabiduría, que dan los años, de su parte.
-No podemos salir hasta que regrese.
Siguió diciendo al verse escuchada por todos ellos.
Aquella mañana se quedaron todos dentro de la casa siguiendo las instrucciones de la anciana que sabía como hacer frente a una situación como ésta.
Quemaron hierbas aromáticas para abrir el camino de las sensaciones de Nahym, entre plegarias y sortilegios que se recordaron de los ancestros.
Untaron sus cuerpos y los del niño con aceites aromáticos.
Ayunaron y entraron en un solo pensamiento conducido por la maestra de ceremonias que sabía que ese era el procedimiento para iluminar el camino de vuelta del alma del muchado.

Se irían, uno a uno, los niños, atraídos por esa fuerza maligna.
Cada mañana se cerraban casa que ante el estupor de sus componentes velaban la ausencia del infortunado o infortunada que había caído en la noche bajo sus redes.
Los ancianos recuperaban su estatus, siendo depositarios de saberes ancestrales.
-Es extraño, parece que todo el mundo duerme.
Pensó Jhord aquella mañana cubierta por la niebla de los primeros días de invierno, mientras se asomaba tras los ventanales de sus aposentos.
-Diríase que el mundo ha caído en letargo.
Sintió a sus espaldas la voz de Malhyam, que apenas conseguía disimular con aparente congoja el placer que ello le proporcionaba.
-Ahora estarás a mi merced.
Pensaba mientras con gesto servil se acercaba al cacique.
-Hace días que se ha mermado la presencia de las gentes en las plazas y en las calles.
Dijo el mago sopesando cada una de sus palabras y calculando el efecto que en su interlocutor iban teniendo.
-Al principio se creyó que era tal el miedo de las gentes que se iban aletargando, pero dada la dimensión de los hechos será razón de entrar en averiguaciones. Si así lo consiente mi señor.
-¡Sea!
Contestó Jhord con precipitación, perdiendo en esta respuesta las riendas de la situación.
Malhyam diose la media vuelta y en sus ojos pudo advertirse un destello de malicia que nadie pudo ver, porque quienes allí estaban presentes no eran nadie, eran servidumbre.
Nasur pudo ser testigo de la escena, desde otra dimensión. Tendría presentes cada uno de los lechos en que cuerpos inertes esperaban sus almas ausentes.
-Debo regresar y acceder a cada una de las casas.
Pensó al darse cuenta de la dimensión que había tomado el rapto de las almas puras del poblado.
-Los ancianos y las ancianas deberán ser convocados.
Durante el día, las calles desiertas sólo presentaban la torva presencia de hombres cabizbajos que piedra a piedra iban trazando su destino fatal.
Éstos, al haber quedado internados, apartados de sus familias, no faltaron a sus quehaceres, pero la ausencia de mujeres y niños en las calles les helaba la sangre.
Aunque habían empezado los primeros fríos y el ambiente húmedo anquilosaba sus cuerpos, cobraron nuevo ímpetu creyendo que estaba en sus manos y no en otras el retorno de los suyos.
Por las noches, en sus sueños, habían sido testigos de todo lo acontecido, y aunque no lo nombraban sabían que se enfrentaban al mal y que bajo su poder, no tenían nada que hacer.
Una actividad febril se daba mientras pasaba, inadvertido, el mago, tomando rumbo a la cabaña, con no buenas intenciones.
-Allí está el quid de la cuestión.
Pensaba arrastrándose tras la sombra que proyectaba.


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