Relato

Precipitadas compañías

−Tenemos que hablar.
−¿Cuándo? Porque ahora no va a poder ser. Pudiste empezar antes. Me tengo que ir. Ya hago tarde. Cinco minutos más y me pierdo la clase.
−Pues nada, tú a lo tuyo.
−¡Cómo eres! No ves que no puedo andar perdiendo el tiempo.
−¡Qué me dices! Que pierdes el tiempo. ¿Qué soy yo para ti? Ya veo.
−No te lo tomes mal. No es lo que dices. Podemos hablar otro rato, a no ser que consideres debamos hacerlo ahora, y en ese caso, ni clases, ni nada. Tú eres lo primero. Pero como siempre se te ocurren las cosas en el último momento, pienso que puede esperar. Tú dirás.
−Nada. Marcha.
−Nada, no. Ya me tienes mosqueada. Te noto enfadada. Si te ofendí, perdona.
−No es nada. Lo hablaremos más tarde.
En ese instante, Eli se desanimó. No se sentía con fuerzas para plantear que pensaba que la relación no iba buen. Que se sentía desmotivada. Que quería pasar unos días sola, para poner orden a sus ideas. No lo había planteado antes, porque le costaba hacerlo. Era cierto que no era el momento, pero cuál sería.
Se habían conocido en un momento festivo, entrando por el juego de la seducción, y a los pocos días empezado a vivir juntas, sin apenas conocerse. Reme era agradable de trato, y no costaba convivir con ella, pero tenía sus rutinas, y Eli empezaba a darse cuenta de que lo que había hecho, había sido amoldarse a su amiga, adaptando su ritmo al suyo, y perdiendo su espacio personal, que quedaba absorbido por el de la otra.
Los primeros días, la pasión ocupaba todos los momentos. Era una sensación maravillosa. Estar juntas les ofrecía lo mejor, pero esa fogosidad fue apaciguándose, y la situación se le volvió oclusa. Necesita salir. Quería hacerlo, pero sin hacer daño. Se sentía extraña.
Podía volver a su casa, y recuperar su mundo. Le ahogaba seguir allí.
Cuando la vio marchar, mientras ponía en marcha el motor, decidió hacerlo. Ya la llamaría y quedarían, pero esa noche volvería a ver los sueños en su almohada.
No tenía mucho que recoger. Su equipaje era el que cabía en una maleta y una mochila. Miró lo que dejaba atrás y respiró.
De pronto sintió que su cuerpo se aligeraba, que empezaba a circular la sangre animando sus músculos y pensamientos.
Ni una nota. Cuando Reme llegó. El silencio y oscuridad le devolvieron a aquellos días en que vivía sola.
−Entiendo. Era que te ibas. –dijo en voz alta.

NUEVOS PASOS NARRATIVOS

La tasa de paro

Ella pensaba, creía, que podría hacer frente a los pagos que le irían llegando durante meses, y años.
Esas cosas que podría pagar en el futuro le permitirían disfrutar de cierta comodidad.
Aquella mañana, cuando se levantó y, mientras preparaba la cafetera, parsimoniosamente, puso el dial en la emisora que siempre perdía por llevar el transistor de un lado a otro de la casa, un mensaje palpitó en su frente, como si de un mazazo se tratara.
La tasa de paro había superado el porcentaje previsto.
Juan seguía dormido. El paro le tenía con el sueño cambiado.
A ella a penas le daba tiempo a reflexionar.
Marchaba a trabajar.
En el trayecto, iba pensando en los muchos descalabros que sufrían, pero no tantos como a otros les había tocado.
Iba caminando. Ya no compraba tarjeta para el metro.
Una hora de trayecto, a buen paso, la mantendría en forma.
La calle todavía estaba oscura. Las farolas encendidas entregaban sus últimos latidos.
Llegaría antes de las ocho. En una hora, haría la limpieza de esa escuela, junto con sus compañeras.
Esa tarea era de las más buscadas.
Podía volver a casa y ocuparse de sus labores. Así se llamaban.
Por la tarde, tendría un turno más largo.
En total media jornada.
Iban tirando.
Poco a poco, sus ahorros se iban agotando.
Pensaba que en seis meses, si nada lo remediaba, sería duro y difícil hacerle frente.
Tendría que buscar antes.
Se había ofrecido en centros de atención a personas dependientes. En Residencias de ancianos.
Le habían dicho que la llamarían, pero no tenía noticias.
Juan se levantaría a la hora de comer.
Estaba abatido y deprimido.
Ya no tenía ilusión por nada.
Con cincuenta años, era imposible ser admitido en ningún puesto de trabajo.
A él, el paro le había caído en los primeros estertores de esa crisis que estaba en boca de todos.
Al principio, pensaron que podrían hacerle frente, pero ya llevaban así cinco años.

Juan había pasado la noche en blanco.
Cada día le era mucho más difícil conciliar el sueño.
Había dejado de tomar aquellas medicaciones que al principio parecían silenciar su alma.
Lo había hecho por razones económicas.
Ni siquiera iba a las visitas rutinarias, con el psiquiatra.
Todo ello se tenía que pagar, y ya era magra su economía, como para permitirse tales dispendios.
Otros lo pasaban peor.
Luisa conservaba ese trabajo de limpieza en la escuela.
Hubo un momento que la euforia de los tiempos de prosperidad les había hecho pensar en que ella lo dejara, pero como se resistió, pues quería estar activa, hoy podían ir tirando.
Pasaban las horas hasta el amanecer. Boca arriba, mirando al techo y escuchando los sonidos de la noche en la ciudad.

Aquellos días de prosperidad

Aquellos días de prosperidad quedaron atrás.
No valía la pena seguir lamentando la pérdida.
Juan, había sido uno de los orillados.
En medio de todo, suerte tuvo, porque si no hubiera sido entonces, más tarde la cosa hubiera sido peor.
La primera perdida llevó a las mujeres al hogar.
Luisa había conservado su trabajo de media jornada, porque él estaba en paro ya.
Si no hubiera sido así, en este momento, ni él ni ella tendrían donde caerse muertos.
Pero habían resistido y ahora tocaba revisar la situación de nuevo.
Las facturas les dejaban pocos recursos para sobrevivir.
Esa era la razón por la que ya ni siquiera mantenían una línea de teléfono, ni tenían la luz encendida en las horas oscuras.
Se habían acostumbrado a moverse en la oscuridad, y con la poca claridad que les llegaba del magro alumbrado de la calle, manteniendo las ventanas abiertas.
Si no se recuperaba el país, poco tiempo les quedaba para mantener la vivienda.
Tendrían que cederla y marchar a los barracones que se habían habilitado para las personas sin hogar.
Suerte, también, que no tenían a sus padres y los hijos mayores corrían su propia suerte.
Los abuelos habían durado poco. En el momento que los recortes sanitarios fueron absolutos, ellos cayeron los primeros.

Juan tenía poco que hacer.
Aunque hubiera querido ayudar en casa, no hubiera podido.
El mundo había vuelto a normas arcaicas, en las que no tenía otra posibilidad que esperar.
Hubiera ido a hacer la compra, pero esa tarea sólo podían hacerla las mujeres.
Luisa, aprovecharía el camino de vuelta para ocuparse de ese menester.
Sólo podría colaborar cuando terminaran de comer.
Con las ventanas cerradas, para que nadie lo advirtiera, ayudaría.
Siempre corría el peligro de ser acusado y observado.
Si así hubiera sido, a ella le hubieran sacado del trabajo, por demostrar con ello no ser capaz de llevar la casa, tarea a ella asignada.
En el recorrido de vuelta, Luisa buscaba las cosas al mejor precio.
No siempre era fácil.
Lo que hoy tenía un precio, mañana era más.
No solía ser menos.
No se podía acaparar alimentos, porque habían vuelto las cartillas de racionamiento.
Dos personas adultas. Un hombre y una mujer. Distintas cantidades.
Por él, tabaco y alcohol.
Sin embargo, habían prescindido de esos productos, y así ahorraban un poco.
En ir y volver empleaba el mismo tiempo que en trabajar.
Por la noche, Juan la iba a buscar.
Ese era el mejor momento del día.
Podían deambular por las calles y mirar a lo lejos la línea del horizonte sobre el mar.
A las 10 en casa.
Toque de queda.

Supimos adaptarnos. No nos quedó otro remedio.
Hubo suicidios que llevaron al caos.
Una de las opciones era tirarse al metro.
Algunas de esas personas, no murieron y quedaron incapacitadas para siempre.
Los servicios sanitarios, públicos, no daban abasto. Los privados eran cada día más inalcanzables.
Volvimos a valorar la salud y la capacidad de sobrevivir al día a día.
Juan y Luisa tuvieron que dejar la casa y el trabajo.
Cuando algo así sucedía, la casa se precintaba.
Ya no había especulación.
Sólo podía ser rescatada por sus propietarios, pero nunca se dio el caso.
En los barracones se perdía la intimidad y la libertad.
Tocaba dejar el trabajo que se tenía para que otras personas lo pudieran ocupar.
Los barracones funcionaban en sistema de comuna.
Nada era de nadie.
Sólo la memoria permitía encontrarse en un mundo propio.
Los hombres en unos, y las mujeres y los niños en otros.
La intimidad de la pareja se permitía una vez a la semana. A horas pactadas.

Safe Creative #1106079402017

>Decidió acallar su alma

>

— Ahora no me quiero quedar aquí. —decía María mientras miraba al suelo para evitar que vieran su gesto de asco.
— ¿Mira por dónde vas? —siguió diciéndole su madre, subiendo el tono de voz y con gesto ceñudo. — No cuentes con que andemos detrás de ti. —añadió enrojecida por la ira contenida.
La niña le sacaba de sus casillas.

Tras un portazo, María marchó pisando fuerte.
Se oían sus pasos. Golpeaban el pecho de Luisa, su madre adoptiva.
— En mala hora la trajimos a casa. —pensaba mientras secaba unas lágrimas que sin control se deslizaban por su cara.

Habían soñado tener un hijo. Las cosas no salieron como las planificaron.
Al principio ponían medios para evitarlo.
Dado que eran una pareja estable y la confianza sobre su fidelidad no estaba en duda, habían optado por la pastilla.
En esos tiempos parecía ser más de lo más.
Poderse permitir la libertad del encuentro sin retiradas o esas gomas que tan poco les gustaban.
Nunca temieron sobre consecuencias. Efectos secundarios.
Preguntaron a ginecólogos que buscaron de pago.
Unos les despacharon con un no está bien, otros les pusieron campo abierto y facilitaron las recetas.
Ni todos lo galenos tenían clara esa opción, ni todas las farmacias facilitaban su adquisición.
Eran tiempos de adaptación social.
Las viejas consignas predominaban.
La primera receta, venía escudada en una prescripción de control del ciclo menstrual. El especialista, ocultaba el control de natalidad en ese supuesto. Muchos lo hacían así.
Hubo que buscar otras marcas. Con esa enfermaba y desangraba.
Bastó una consulta telefónica para que el doctor le indicara cual.
Al final hubo el ajuste deseado.
Así tiraron unos años.
En ese tiempo, las restricciones fueron siendo menos. Se pudo hablar sin subterfugios sobre ello.
Querían vivir. Los hijos vendrían después. Era pronto para atarse.
En un descuido hubo embarazo.
Pasaron días y noches de dudas.
Si estaban planificando para no tener hijos, de momento, el paso a dar era consecuente con sus propósitos.
Buscaron la mejor opción.
Fueron a lugares que tramitaban el viaje.
Ir a Londres fue su elección.
No irían los dos.
Una amiga que había vivido en esa ciudad durante un largo periodo de su vida la acompañaría. Le pagarían los gastos. Con eso podían.
Fue una buena elección. Hubo dos vivencias, la del traumático proceso y la visita guiada por museos y calles.
En el vuelo, la acompañante sufrió un mareo. Se supuso que era la que hacía ese viaje y ella su acompañante. Ese equivoco fue motivo de sorna, cuando se volvieron a encontrar en la sala de espera previa a la intervención quirúrgica.
Allí supieron que ese viaje llevaba a un destino, el de interrupción del embarazo.
En la entrevista se alegaron razones psicológicas, tras haberse explicado.
No fue grato.
El cuerpo quedó bajo la química de las hormonas que en ese estado se disparan.
Pasado el tiempo, aquello era historia.
Dejó de ingerir aquellas pastillas que ya daban señales químicas en su cuerpo.
La piel erupcionó y el ciclo se interrumpió.
Buscaron la concepción.
No sólo no se dio, sino que ella enfermó.
Se hizo necesario un tratamiento hormonal. Su cuerpo reaccionó muy mal. El dolor le partía por la mitad. Lo dejó.
Buscó otros y otras especialistas.
Tenía pérdidas incontroladas. Se desangraba.
Lo que le ofrecieron fue compensarlas con hierro.
Así durante un tiempo.
El siguiente paso fue la histerectomía.
Hubieran vivido sin hijos, pero no pudieron, era más fuerte el deseo.
Allí llegó María, una niña de cinco años.
Adaptarse fue complejo y difícil.
Siempre respondía con aquella de: “Tú no eres mi madre.”

Ahora se arrepentía y miraba su vida queriendo darle la vuelta a todo lo que a ella le conducía.
Se habían quedado solas, él no lo resistía.
Cambiaron las cosas.
Se había pasado a ser de esas madres que sólo ven el mundo en los hijos.
Su pareja se resintió y buscó consuelo en otros brazos.
Sólo le quedaba María, no podía perderla.

Se sentó en el rincón iluminado por el último rayo solar.
Cuando quiso percatarse de su estado, la sala estaba a oscuras.
El vacío la heló.
No viviría allí días por venir.
Buscó entre los calmantes que tenía para relajarse y los tomó sin control. Decidió acallar su alma.

— ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamaaa…!
Sonó en gemido.
Sonó en aullido.

Safe Creative #1010307724003

>Nos hicimos un favor

>

Vino ella. Abrió la puerta y quedó a la espera.
Salimos corriendo.
Apuramos el paso, disimulando.
_ No ves que todos están mirando._ le dije deteniéndome.
Ella me tomó del bolso que llevaba en bandolera y tiró de mí.
_ ¡Date prisa! ¡No te entretengas!
_ Acaso piensas que nos sobra tiempo.
_ No lo tenemos.
Perpleja, la seguí.
Ya me daría cuenta de esa premura en otro momento.
Entramos al metro y nos sentamos en uno de los bancos del andén. Manteniendo las distancias con los otros que ni siquiera miraban, con esa actitud vacía que da a entender no estar.
Parecía que el tiempo no llegaba a dar sus pasos.
Ella se quejaba de la lentitud en que éste pasaba. Yo quedaba atrapada en su ritmo.
Al fin subimos, entre empujones y empellones.
Nos situamos en el ángulo que parecía acogernos.
_ ¿A dónde vamos?_ le pregunté.
_ ¡Ya verás!
_ No me dejes en ascuas. Ya sabes que no aguanto las expectativas cuando me dices algo. Por favor, aclárame y no me inquietes. Me pone nerviosa no saber porque te sigo.
Ella ni se inmutó y sonrió.
Decidí no entrar en su juego y me evadí.
Miré la pantalla en la que se movía una danza.
No había sonidos otros que los ruidos de la máquina y las conversaciones que con ellos se confundían.
Ella me observaba y sonreía.
Sabía que estaba huyendo de la inquietud en que me colocaba.
No había secretos en nuestros gestos. Nos sabíamos y entendíamos. No en vano, llevábamos tiempo juntas.
Cuando el vagón paró en la estación, destino de su finalidad, me resistí y le dije que no la seguía.
Quise forzar para que me comunicara la razón de ese paseo subterráneo.
_ ¡Tú te lo pierdes!
Dicho y hecho.
Descendió y yo quedé dentro.
En la siguiente estación bajé con remordimientos.
Cogí el convoy de vuelta.
Lo hice con intención de regresar al punto de origen.
Veía inútil seguir.
Allí la vi.
Subió y se sentó a mi lado.
No nos hablamos.
No nos miramos.
Seguimos desandando nuestros pasos.
Ese silencio se impuso durante horas.
Lo que empezó siendo un juego, acabo en desastre.
Al día siguiente hizo sus maletas y marchó.
Mi orgullo impidió que la siguiera.
Ahora me lamento de su ausencia.

Llaman a la puerta.
Será ella.
No creo.
Tiene llave y podría entrar en cualquier momento.
Atiendo y miro por la mirilla.
No hay nadie.
El ascensor pasa de largo.
Así días.
Así meses.
Así años.

¿Qué era lo que ella me ofreció que nos llevó a la ausencia?

La curiosidad fue a más conforme pasaban los días.

Requiebro mi memoria y pienso que me puso a prueba.
Quiso saber y supo.
No me dejé llevar.
Con ello se perdió todo.
Nunca más.

Olvidé que hubo ese momento en mi vida.

¿Por qué lo recuerdo ahora?

Ha sido algo casual.
He creído verla en la calle.
Me ha parecido que iba de la mano de alguien.
No me he incomodado.
Lo he visto ante mí como si no tuviera que ver conmigo.
Ausente de lo que me podía concernir.

Pasó de largo.
Simplemente lo estoy rememorando.

No estoy sola.
Otra está a mi lado.
Ella no juega con mi paciencia ni me enreda con esas fantasías.
Soy yo quien ha tomado el mando.
Le pongo a prueba y ella sale airosa.

Aprendí que el mundo debe inventarse a cada paso.
Es posible que me esperara un regalo.
Puede ser que en ese gesto me llevara al límite para romper conmigo.
Si así fue, lo consiguió y nos hicimos un favor.

Safe Creative #1010207616439

>Rebeca

>He caído en tus brazos.
Hubiera supuesto que no fuera así, pero viniste a mí.

Parpadeaban esas líneas sobre la pantalla.
Confusa leía y releía.

-¿Cómo he podido darle pie?
Se preguntaba en silencio.
-No recuerdo haber dado señales de lo que siento. No por este medio.

-¿Será su juego?
-¡Es eso!
-Me pone a prueba.
-Si consigue su objetivo seré títere en sus manos.

Rebeca envió el mensaje a spam y salió de la aplicación.

Se le habían ido las ganas de seguir conectada.
La zozobra se adueñaba de ella.

Decidida, cerró la conexión y, tras tomar su bolso, salió, no sin antes dar un repaso a las estancias de su casa.
No le gustaba abandonarla con ventanas abiertas y en desorden.
Tiempo atrás no hubiera parado cuenta, pero, tras perder a sus mayores, cayó en ese tipo de rutinas.

Empezaba a tener manías similares.

Safe Creative #0908154238587

>Saia

>Iba distraída, entretenida en sus juegos de niña.
La memoria no le daría visos de lo que había sido testigo.
El grupo avanzaba, como si nada pasara.
El ciclo cumplía y lo que contaba era su supervivencia.
Nada de lo que para nuestro tiempo es significativo tenía valor en su mundo.
Se entretuvo recogiendo esos frutos que la guía distribuiría.
Lo hizo perdiendo el rumbo.
Cuando quiso darse cuenta, era anochecido.
No temió.
Los miedos son algo que construye la mente, y para ello se hace necesario un previo que ella desconocía.
Se acomodó al lado de un frondoso árbol y preparó la que sería su cama para esa noche.
Hojas secas hicieron un mullido lecho.
Durmió bajo las estrellas de un cielo primero.
No supo si tuvo compañía.
Diríamos que la anciana veló para que ningún ser siniestro se posara en su lecho.
Cuando despertó emprendió el camino siguiendo el rastro del que creyó eran los suyos.
No fue así.
Tardó en darse cuenta de lo equivocado de su decisión.
Si hubiera mirado con cuidado, habría visto que la profundidad y medida de las huellas no se correspondía a las de quienes conocía.
Una silueta vaporosa e indefinida parecía estar a dos pasos de ella.
No supo qué sucedía, pero sí notó la serena calma que siempre sentía en compañía de su guía.
La anciana velaría por que la continuación de la línea de la vida no perdiera el futuro y con ello el grupo dejara de existir.
Las piedras del camino brillaban en ese momento del día en que el rocío las deja húmedas y el impacto del sol las acaricia.
Raixa olvidaba la soledad mientras se dejaba atrapar por ese mundo virgen que la rodeaba.
A lo lejos una columna de humo anunciaba presencias.
No conocía el fuego. Sólo el del rayo que desgarra el árbol o centellea sobre la roca.
El humo no era presagio.
A la puerta de una cueva, un grupo de seres parecidos a los de su especie organizaban un refrigerio matinal.
Niños y niñas correteaban.
Eso la pudo animar, pero algo distinto la desconcertaba.
Eran como el barro húmedo.
Ella recordaba los cabellos rubios de los de su grupo.
Una mujer que atendía la cabeza de otra, quitando con las uñas lo que después se llevaba a la boca, se percató de su presencia.
Dejo su tarea y se acercó a ella.
Tomó barro de un rincón y la embadurno.
Saia no pensó. Actuó.
Una niña más en el clan sería enriquecimiento.
La anciana desapareció mezclando su presencia con el humo de la hoguera.
Habían llegado al lugar en que el futuro quedaba en buenas manos.
La comunicación mental no entiende de idiomas.
Raixa viviría como una más hasta la edad en que floreciera.
Entonces ella volvería para guiarla.

Safe Creative #0906224049019

>Raixa

>-Es necesario ponerse al trasaire-, anunció la anciana que guiaba el grupo de niñas entre las montañas.
Los hombres rodeados de niños y ancianos, la miraban en todos sus movimientos.
Respondían a sus gestos, más que a las palabras.
Éstas a penas les llegaban.
Las mujeres no necesitaban ni gestos ni palabras.
Recibían el mensaje desde las raíces que la tierra albergaba.
Habían llegado a ese estado del ser en que la vida se aúna reduciendo distancias.
Quedaron en descanso esperando que las niñas se acercaran con los frutos que la anciana repartía para el sustento del grupo.
Ella tomó uno y, presionando la lengua sobre el paladar, dejó que su esencia vital la recorriera.
Eran bayas rojas recogidas de arbustos a lo largo del camino.
Marcia, se alejó del grupo y pensó.
Pensar era algo que ignoraba.
Sabía y sentía.
Formular frases que sólo ella podía escuchar, era inaudito.
Nadie pudo apercibirse de su alejamiento.
La anciana con disimulo desvió la mirada mientras supo que esa joven se alejaba.
-Deberá cumplir su destino, el que sólo a ella se presenta.- Siseo en sonido casi imperceptible.
Raixa llegaba en ese momento a recoger otro pañuelo cargado de frutos.
La niña supo, pero guardó silencio.
En parte por no saber a qué atenerse.
La anciana captó su desconcierto.
-Ya te llegará el día.- Dijo, en el lenguaje de la mente.
Las palabras golpearon el alma de la niña, dejando un rastro helado que la quemaba.
Su mano izquierda apretó su frente, como queriendo recoger algo que en ella penetraba.
Guardaría el secreto sin saberlo.
Llegaría el día en que como a Marcia, a ella le madurara.
Ese día se alejaría del grupo para organizar su propia comuna.
En cada generación, una de ellas era la elegida.
Era la que sabía y veía.
La anciana sonrió.
La vida cumplía su ciclo.
Podría dejar su cuerpo en las raíces y olvidar.
Raixa sintió que una lágrima afloraba.
No sabía qué significaba.
Un cántico se impuso.
La anciana cayó abatida.
Marcia tomo su lugar y el grupo reanudo su marcha.
Raixa miraba atrás.
Una estela iluminada ascendió, dejando un montículo de musgo que parecía brillar.
Se frotó lo ojos descreída de lo que veía.
Las otras niñas correteaban alrededor de la nueva guía.
Ella sabía, aunque serían lustros los que la llevarían a ocupar ese lugar.

Safe Creative #0906204044089