Somos

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Nos 

atraviesa

atrapa

contrae

distrae

extrae

quebranta

resquebraja

Hiere nuestra sangre

Nos 

hace

construye

Nos place, cuando está a nuestro alcance

Nos rompe

para poner a prueba ese impulso vital que nos hace

Somos las que no nos conformamos con sendas prescritas y escritas de antemano

Las que nos soñamos reales y vitales

Las que nos alzamos

Tu honra

Las otras

La otra

Enjambras cadenas de negadas aspiraciones vitales, a lo largo de ese constructo inducido desde una ley que interiorizas.

Son sus objetos. Sus juguetes.

No quieres pasar a esa otra orilla.

Las vírgenes son modelo.

Serlo es sometimiento y salvaguarda.

Es posible que abanderaras el grito de “mi cuerpo es mío”, territorio no compartido sin asentimiento y deseo, pero a ellos ese reto les excita, quieren poner en él su dominio, y cuando lo conquistan, lo someten, lo dominan, se apropian de ti, de tu voluntad, de tu identidad. Y si opones resistencia, como jauría, su impulso de poder se crece. No hay contención. Se les educa para acaparar, poseer, adueñarse. Eres cosa. Aún cuando crees que como novia, amiga, esposa o madre, o tía, o abuela, o compañera.

Tiene toda una estructura a su favor. Tú eres la tentación. Él tu víctima. Él cae en tus redes de seducción o padece tu castración.

Varón domado. Dominado.

Mujer fatal.

Y divides, porque así vencerás.

Sales a las calles en grupo y acosas con alardes de caballerosidad. Con miradas lascivas. Acorralas. Engañas. Sometes. 

Buscas tu víctima para desahogar tu hombría. Y eres modelo y envidia.

Te pagas orgías que otros propicias.

Y tienes cómplices. Tu madre, tu amante, tu amiga. Que señalan a otras. Que las culpan y salvan tu honra.

Con suerte

Con suerte

Regresaba de la academia. Iba ilusionada. Serían las diez. Había decidido aprender inglés.

Para terminar ese curso, tuve que volver el resto de días acompañada por un amigo, que venía a buscarme. El trayecto de la academia a casa era de ir andando. No seguí ese plan de estudios.

Tardé tiempo en recuperar la confianza. Incluso de día. Siempre me sentía vulnerable. Cambiaba de acera, ala menor sospecha. Me metía en un lugar público. Incluso paraba un taxi, para ir a mi destino, sin necesidad.

Salieron de detrás de una cabina. Eran dos. No pensé. Grité. Algo punzante en mi espalda.

“Ésta no se deja.” Esas fueron sus palabras al soltarme.

Querían que entrara en una calle poco iluminada y estrecha.

Al fondo la acera iluminada por la entrada de un cine. Un hombre indiferente y una mujer joven. 

Ella vino a mí. Me dijo que parecía iba con un par de amigos. Que sólo se percató de que no era así por mi grito desgarrado. Casi perdí el sentido. Ella puso su brazo y me llevó a la barra de bar de ese cine. Me hizo tomar una copa de una bebida seca, transparente y fuerte. Ese trago me devolvió las energías. Llegué a mi casa temblando.

Pensaba que querían robarme. Que no llevando dinero me golpearían. Tardé tiempo en apreciar sus intenciones. Su aspecto era normal. Eran jóvenes. Como yo.

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