La mujer real

La mujer real arropa nubes y disipa tormentas.

Enciende sospechas.

Disiente y perpetra.

Arranca querencias.

La mujer real se sabe distinta entre esa marea que todo lo inunda.

Duerme en la hierba y contempla su imagen interna jovial y valiente, sin espejos que la desdibujen.

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Lo sé

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Envuelven tus palabras susurradas al oído.

Son dignas. De amiga que me sabe.

Aún así, mi tropiezo será inevitable. Deberé tropezar y caer, para saber, para conocerme.

No me vale. No me basta que me digas. Que apuntes tu mirada en el error. Porque si no lo vivo y veo yo, no sabré caminar a mi paso. No sabré esquivar otro mal paso. Deberé aprender de mi error para construir mi libertad y saber caminar sin tu protección.

Ya sé que lo haces con buena intención. Lo sé, aunque me inquiete y moleste contigo. Aunque niegue que tienes razón. No ahora. No cuando tú, con tu advertencia, adelantas mi perdición.

Eres amiga. Siempre estarás allí. Para cobijarme cuando lama mis heridas, cuando vuelva de ese viaje, descarnada y partida en dos mitades, que tú unirás sin reproches. No dirás aquello de ya te lo dije. Callarás y escucharás. Estarás a mi lado con tu gesto, con tu abrazo, arropando mi alma, acunando mi duelo.

Me dejé llevar. Tenía que vivirlo. Tú veías ese precipicio que se abriría a mis pies cuando yo misma perdiera pie.

Lo sé. No me bastaba tu instinto, tenía que activar el mío.

Suerte tengo de poder volver. De no caer en esa red sin retorno en que pude fenecer.

Siempre

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Y responden los silencios.

Inquietos en susurros, 

acoplados a palabras en la mente.

Responden en desorden, 

y olvidan intenciones.

Se desperezan y duermen.

Esperan.

Sienten y disienten.

Rompen lanzas por verdades, 

y se cubren con manto de pasados deseables.

Abren su mirada a un mañana predecible, 

enarcando su ceja en un gesto acre ante lo imposible.

Siempre late el signo de perder y mirar como las víctimas no reconocen que respaldan a quienes someten su fuerza de vida.

Se creen. 

Creen que buen árbol, buena sombra les cobija. 

Siempre repiten ese error. 

Siempre delatan a las personas que miran de frente, y con su colaboración amplían la influencia del verdugo.